El Elder
David A. Bednar en una ocasión compartió la importancia de ser constantes y
destacó una experiencia de la siguiente forma: “A veces mi esposa y yo nos
preguntábamos si nuestros esfuerzos por hacer estas cosas espiritualmente
esenciales valdrían la pena. De vez en cuando leíamos los versículos de las
escrituras en medio de exclamaciones como: “¡Fulano me está tocando!” “¡Dile que
no me mire!” “¡Mamá, él está respirando mi aire!”. Otras veces las oraciones
sinceras eran interrumpidas por risitas y codazos; y con varoncitos activos y
bulliciosos”.
“Si hoy
les preguntaran a nuestros hijos adultos lo que recuerdan de la oración familiar,
del estudio de las escrituras y de la noche de hogar creo que sé cómo
contestarían. Seguramente no definirían una oración en particular, ni una
ocasión en especial del estudio de las escrituras, ni una lección de la noche
de hogar como el momento crucial de su desarrollo espiritual. Lo que dirían que
recuerdan es que nuestra familia era constante”.
Muchas
veces nos sentimos identificados con esta experiencia al observar lo que hacen
los niños durante las conferencias con un tiempo de dos horas seguidas, sin
receso alguno y sin una enseñanza más adaptada a ellos. Podemos ver familias en
que los niños pueden estar haciendo otras cosas menos prestando atención, familias
en que los niños están sentados tranquilos o aburridos y otras en los que ellos
están dormidos. ¿Valdrá la pena traer a los niños a la conferencia si su
conducta es así? ¿Entenderán el propósito de la Conferencia General?
El
presidente Thomas S. Monson expresó: “Al tratar con niños diariamente,
descubrimos que son muy perceptivos y a veces expresan verdades profundas”. Esta
cita me hizo recordar las palabras de la Hermana Delmi Ávila de Berrios de Rama
Quezada, cuando le hice la pregunta de qué ¿Cómo ella de madre preparaba a sus
niños antes de venir a la conferencia? y ella expresó: “Es hablarle acerca del
Profeta, en este caso del Presidente Nelson y que ellos entiendan que el pasa
en armonía con Nuestro Padre Celestial, que las palabras que el hable nos van a
ayudar en nuestra vida; ahorita que estábamos aquí en la conferencia me encantó,
porque ellos estaban durmiendo pero cuando vieron que el presidente Nelson
comenzó a hablar entonces se pusieron atentos los tres y ¡me encanta!, ¡me
encanta! el ver que ellos lo reconocen y que ellos son sensibles a las palabras
de él, antes de que terminara y el presidente comenzó a hablar, ellos ya saben
que tienen que estar atentos porque quedamos que el lunes, que es mañana la
noche de hogar, empezamos a preguntar que fue lo que él dijo, que fue lo que
ellos entendieron y que están dispuestos a hacer para poder seguirle en cuanto
a sus enseñanzas”.
Me llamó
mucho la atención las palabras de la Hermana Delmi y me acerqué a uno de sus
hijos, su nombre Manacet Mahonri Berrios de nueve años de edad y le hice la
pregunta del motivo por el cual venía a la Conferencia General y el expresó: “Si,
vine a aprender del presidente Nelson y a aprender de los setentas, de los doce
Apóstoles y a aprender más de Dios”, continué con otra pregunta, ¿Qué había
aprendido el día de hoy? y el contestó: “A mi me gustó lo que dijo el
Presidente Nelson, de que el nombre de la iglesia es como que yo diga: que la
iglesia se llama de un hombre entonces la iglesia es de ese hombre pero
Jesucristo la mencionó la iglesia de él”.
Testifico
que los niños son una esponja que absorben todas las cosas que ellos ven,
quizás no absorban con exactitud palabras, testimonios, pero si el ejemplo que
les podamos dar, ellos son capaces mas de lo que nosotros nos podemos imaginar.
Al venir a la conferencia no sabemos si ellos recordaran cada palabra, pero si
sabrán que fueron una familia constante al escuchar la voz del Señor aquí en la
tierra.
Dassuemy Ordoñez

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